Archivo diario: 03/07/2011

El Estado del Bienestar

El eufemismo como lenguaje político.

Los partidos, sus políticos y fundamentalmente los de izquierdas, haciendo caso omiso del mandato que les otorgan sus bases electoras, han entregado la política al poder financiero y a los mercados; lo mismo que poner al lobo como pastor de las ovejas. Veremos como acaba todo esto.

Eufemismo: modo de decir o sugerir con disimulo o decoro ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

El lenguaje de la política es un lenguaje eufémico. Lo es siempre por dos razones: porque la primera preocupación del político es esconder o maquillar la realidad (lo que se legitima con la eufémica expresión “razón de Estado”). Y porque en la confrontación política no hay lugar para la verdad: las palabras significan en función de la posición de quien las pronuncia y no está permitido decir cosas que no estén conforme a la posición asignada. El que se atreva tendrá dificultades para ser escuchado. Si consigue que se le oiga entre el ruido de lo políticamente correcto, rompe las reglas no escritas de la clase política: o tiene fuerza suficiente para imponerse, para hacerse respetar, o es excluido por los suyos. El aprendizaje del eufemismo es considerado un síntoma de responsabilidad. El buen político es aquel que aprende a ser indiferente con la verdad y consigue hablar cuanto sea necesario sin decir nada relevante.

Esta incompatibilidad entre política y verdad es una fuente de descrédito. La palabra del político es siempre una palabra bajo sospecha. Para que el dialogo sea realmente posible es necesaria una mínima lealtad y honestidad en la exposición de lo que uno piensa. En política nada se dice en función de lo que significa, sino en clave de estrategias  y de tácticas. La polémica política deriva siempre hacia el diálogo de sordos. El espacio político pierde su carácter de ágora de la comunidad.

El lugar de expresión del político son los medios de comunicación. Mucho más que el Parlamento, donde por otra parte, el político se expresa siempre pensando en los medios. El lenguaje eufémico se traslada con suma facilidad a la prensa. Las palabras se repiten como gadgets, según las modas ideológicas, sin que nadie se pregunte de verdad sobre lo que quieren decir.

La construcción del eufemismo es un tarea conjunta de políticos, ideólogos y periodistas. Pocas veces la prensa hace la tarea critica de desmenuzar las palabras que componen el diccionario de la corrección política. Es parte. Y, por tanto, cómplice de la construcción de este espacio de la confusión calculada.

La cuestión del estado del bienestar es un ejemplo de la creación de un falso debate por miedo a decir las cosas por su nombre. La derecha no se atreve a confesar sus intenciones. Ni la izquierda a reconocer su derrota. El interés, por ambas partes, de disimular el estado real de las relaciones de fuerzas hace que se encuentren en un punto: Presentar la crisis del Estado del Bienestar como un problema estrictamente técnico y económico. De esto modo, el problema de fondo de la sociedad europea contemporánea -que afecta a lo esencial: el respeto a la dignidad del ciudadano- se convierte en una cuestión de contabilidad. No salen las cuentas: este es al argumento que nadie rebate. Y, sin embargo, del mismo modo que el Estado del Bienestar fue fruto de un pacto político, su desmantelamiento es una decisión política.

La renta por habitante de los ciudadanos de cualquier país de la comunidad es hoy más alta que en los años cincuenta. Entonces el Estado del Bienestar fue posible porque la derecha entendió que tenía que hacer concesiones para que la clase obrera no se dejara arrastrar por la ilusión comunista. Conquistada la hegemonía económica, política y cultural, desaparecida cualquier amenaza, por lo menos a corto plazo, para la estabilidad de un sistema que ha encontrado en el movimiento permanente su equilibrio, la derecha no ve razones para mantener este pacto político. Es hora de recoger beneficios. No quiere ser ella quien lo rompa por los posibles efectos electorales. Y lo plantea como una cuestión estrictamente técnica. La izquierda -que ha dejado de ser alternativa sin querer saber muy bien que ha pasado- no está en condiciones de imponer políticamente el pacto. Para no reconocer su derrota se adhiere al argumento técnico. Más todavía: su celo le lleva a diseñar ideologías de recambio para justificar el desmantelamiento del Estado del Bienestar: por ejemplo, la llamada tercera vía.

Dicen que la modernidad es una cultura de riesgo. La tercera vía dota al liberalismo económico de una ideología elitista. Una meritocracia sin complejos, como confirma la formula con que Tony Blair explica su criterio de “reparto equitativo”: “que se valore a la gente por lo que puede hacer”. El motor de la historia sigue siendo la vanguardia. Pero en este caso la vanguardia no es el proletariado sino el emprendedor, un eufemismo realmente enternecedor.

Hasta ahora en España las reformas llevadas acabo no se notan demasiado, y sin embargo al esbirro de Rajoy no le parecen suficiente; lo cubre diciendo que no es la linea correcta, pero en el fondo quisiera que Zapatero hiciera lo que presumiblemente parece tendrá que hacer el.

El cohete lanzado en Grecia, todavía no ha alcanzado suficiente altura, cuando la alcance y las chispas caigan en otros países…

3 Julio 2011

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