Archivo diario: 04/05/2011

Las ruinas de Palmira

Se dice que somos la consecuencia de nuestras lecturas.

Desde muy pequeño mi afición era la lectura, en aquella infancia la lectura estaba limitada en lo económico y censurada en lo político, pero con todo y eso, hubo personas que jugándosela, amnistió algunos libros de la quema y destrucción. Algunos libros amnistiados cayeron en mis manos, vorazmente los leía y después analizaba la lectura con el mantenedor. Uno de estos libros era Ruina de Palmira, y hoy, ojeando veo el extraordinario trabajo de su autor.

Constantino Francisco Chasseboeuf, más conocido con el nombre Conde Volney, nació en 1.757, y este libro vio la luz 1.791. En esta época no existía ni el marxismo, el comunismo, el fascismo y ni tan siquiera el capitalismo, y ya  estudiaba en origen de las cosas.

La vida del autor estuvo constantemente arreglada por esta ley natural:

Toda sabiduría, toda perfección, toda filosofía consiste en la practica de estos axiomas, fundados en nuestra propia organización: Consérvate, instruyete, instruye a los demás, modérate, vive para tus semejantes, a fin de que ellos vivan pata ti.

Principios de las sociedades.

Los primeros hombres, errantes en los bosques y en las orillas de los ríos, empleados en la caza y en la pesca, rodeados de riesgos, asaltados de enemigos, atormentados por el hambre y los reptiles y acosados por las bestias feroces, debieron sentir su debilidad individual; y movidos de una necesidad común de seguridad y de sentimiento recíproco de los mismos males, reunieron sus medios y sus fuerzas, y cuando uno corrió peligro, muchos le ayudaron y socorrieron; cuando careció de subsistencia, otro le dio una parte de la suya; y de este modo los hombres de asociaron para asegura su existencia, aumentar sus facultades, proteger sus goces, y el amor de sí mismo fue el principio de la sociedad.

Instruidos después por la prueba repetida de diversos accidentes, por la fatiga de una vida vagabunda, por las inquietudes de frecuentes hambres, entraron los hombres en cuenta consigo mismo y se dijeron: ¿Por qué hemos de emplear nuestros días en buscar frutos esparcidos sobre   una tierra estéril? ¿Por qué aniquilarnos persiguiendo brutos que suelen escapársenos en los bosques y los ríos? ¿Por qué no reunir, bajo nuestra mano, los animales que nos sustentan? ¿Por qué no aplicar nuestros cuidados a su multiplicación y defensa? Nos alimentaremos entonces con sus productos; nos vestiremos con sus despojos y viviremos exentos de las fatigas del día y de los cuidados de lo futuro.

Y ayudándose unos a otros, cogieron el cabrito ligero, la oveja tímida, el camello paciente, el toro indómito, el caballo fogoso, y, celebrando su industria, descansaron con alegría y comenzaron a gozar del reposo y de las comodidades; y el amor de si mismo, principio de todo raciocinio fue el motor de todas las artes y todos los placeres.

Ruinas de Palmira (Siria).

Así que los hombres pudieron pasar los días entregados al reposo y comunicándose  sus ideas, dirigieron sobre la tierra, sobre los cielos y sobre su propia existencia las miradas de su curiosidad y de su reflexión; observaron el curso de las estaciones, la acción de los elementos, las propiedades de los frutos y las plantas, y aplicaron su espíritu a multiplicar sus medios de gozar. Habiendo observado en algunas comarcas que ciertas semillas contenían en pequeño volumen una substancia a todas partes, imitaron el procedimiento de la Naturaleza: esparcieron sobre la tierra el trigo, la cebada y el arroz, que fructificaron a medida de sus esperanzas; y habiendo encontrado el medio de obtener en un pequeño espacio y sin mudar de sitio infinitas provisiones, construyeron casas estables y formaron aldeas y ciudades, se reunieron en pueblos y más adelante en naciones numerosas; y el amor de si mismo produjo todo el desarrollo del ingenio y del poder.

De este modo, y con el único auxilio de sus facultades, ha sabido elevarse el hombre por sí propio a la asombrosa altura de su fortuna presente. Y hubiera sido muy dichoso si, observando escrupulosamente la ley impresa a su ser natural, llenase con fidelidad su único y verdadero objeto. Pero, por una imprudencia funesta, habiendo unas veces desconocidos y otras traspasado sus límites, se ha confundido en un laberinto de errores e infortunios; y el amor de si mismo, ya ciego, ya desarreglado, ha venido a ser un principio fecundo de calamidades.

4 de mayo, 2.011

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